Premio ambientalista distingue a indígena peruana que frenó dos hidroeléctricas

Ruth Buendía, de la etnia asháninka, lideró a los suyos en la batalla por detener un proyecto que inundaría sus tierras obligándolos al éxodo masivo. Pero la lucha sigue: hoy demandan salud y educación, aunque viven sin agua potable ni luz.

Logró detener la construcción de dos represas proyectadas en su territorio ancestral y que hubieran obligado a los suyos, la etnia Asháninka, a un masivo éxodo. Por aquella hazaña la peruana Ruth Buendía fue elegida entre los seis héroes medioambientales distinguidos con el Premio Goldman 2014.

Junto a otros activistas de Sudáfrica, Indonesia, Rusia, India y EE.UU., Buendía recibirá los 175 mil dólares de este galardón que va en su versión número 24, se entrega siempre cercano al Día de la Tierra y cuyo monto lo hace el mayor del mundo para los ecologistas. Entre los rasgos que se busca premiar está el liderazgo en comunidades locales para defender su entorno y que, finalmente, tiene como objetivo estimular a otros a hacer lo mismo.

LA GUERRILLA

La historia de Ruth, hoy de 37 años, no es de las más felices. Pertenece a uno de los pueblos aborígenes más golpeados por la reciente historia peruana. Cuando tenía 12 años su tierra en la Amazonía peruana fue invadida por las operaciones del grupo guerrillero Sendero Luminoso. Su padre, como otros 6 mil indígenas (según una Comisión de Verdad constató posteriormente) fue asesinado producto de la violencia de esos días, mientras otros 10 mil huyeron del conflicto hacia otras regiones. Entre estos últimos figuraba Ruth, enviada por su madre a las barriadas limeñas, mientras su hermano mayor figuraba secuestrado por la guerrilla.

Esos recuerdos, confiesa ahora, del éxodo forzado, de tener que abandonarlo todo, se vinieron a sus mentes cuando supieron de las hidroeléctricas. En 2010, Perú y Brasil firmaron acuerdos energéticos que implicaban la construcción de 15 represas en la Amazonía, cuya producción energética estaba destinada a la exportación al gigante brasileño.

Los Asháninka habitan a lo largo del Río Ene, en los territorios que serían inundados por las represas Pakitzapango y Tambo 40, densamente poblados y donde la comunidad vive de una agricultura de subsistencia, de la caza y la pesca. Ruth había vuelto a su comunidad y a los 27 años había logrado ser elegida la primera mujer presidenta del Centro Asháninka del Río Ene (CARE), instancia comunitaria que trabaja para reparar el tejido social, desde cosas tan básicas como obtener la documentación para acceder a atención de salud o educación para sus niños. Agrupa a casi 10 mil integrantes de la etnia, de 17 comunidades de la cuenca del Río Ene, Río Tambo y Pangoa.

HIDROELÉCTRICAS

La comunidad se activó. Los acuerdos firmados entre gobiernos no consideraron la opinión de los indígenas afectados por construcción de proyectos en sus territorios, contemplados por los acuerdos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ratificados por Perú en 2006. Así, a punta de recursos judiciales, movilización y la divulgación en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Washington, en diciembre de 2010 los proyectos fueron paralizados.

Las hidroeléctricas, Pakitzapango de 2.200 MW y Tambo 40 de 1.287 MW, inundarían en conjunto más de 9 mil hectáreas, obligando al desplazamiento de 24 mil asháninkas. La primera recibió la denegación del permiso por parte del ministerio de energía peruano, y los accionistas de la segunda retiraron el proyecto.

SALUD Y EDUCACIÓN

Pero la vida no es fácil para estos indígenas. Aunque Ruth Buendía sigue liderando a los suyos para proteger las tierras de la Reserva Comunal Asháninka de futuros proyectos, mientras se intenta vivir de cultivos sustentables de cacao y café, los problemas no faltan.

Como la desnutrición de sus niños, atención de salud primaria con lo básico –incluso la disponibilidad de combustible para botes de emergencia- y educación.

Estudiantes Asháninkas.

Estudiantes Asháninkas.

“Hay comunidades como Potsoteni y Unión Puerto Asháninca donde el 82% de los niños tiene desnutrición crónica, otras como Boca Anapate donde el colegio sigue vacío por falta de profesores, el estado no ha llegado hasta ahora”, dice Buendía.

Hoy mismo requieren de dos maestros que puedan enseñar matemáticas y lenguaje; ofrecen un salario de mil soles (350 dólares), habitación, comida y seguridad, pues en la comunidad no hay robos. Pero allí no hay agua potable ni electricidad, aunque cerca está el Río Boca Anapate, donde es posible bañarse y lavar la ropa, señala la web de la comunidad.

La educación de sus niños es de las más bajas del país. Los que logran una beca para la universidad, una vez allí no logra rendir por este déficit.